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Anna Kurzweil en su juventud
Anna Kurzweil en su juventud

La viuda es digna de encomio por donar todo lo que tenía, una miseria en comparación con los que dan solo una fracción de su riqueza. Por el contrario, Anna Kurzweil dio casi todo lo que tenía a los jesuitas, y no fue un poco de menudo.

Lo que se sabe de Anna Kurzweil es que era la más pequeña de ocho hermanos que nacieron y se criaron en una granja al sur de Kansas City, Missouri; que fue maestra y era católica, soltera, y que ingresó y luego abandonó el convento.

Lo que no se sabe exactamente es lo que motivó a esta mujer tremendamente independiente, que escribió su propio testamento y fideicomiso, hizo los arreglos de su propio funeral y redactó su propio obituario, a dejarle casi $2 millones a la Compañía de Jesús a su muerte en septiembre de 2012, un mes antes de cumplir 101 años.

“Incluso el banco quería saber cómo obtuvo el dinero”, dijo John Van De Vyvere, el fideicomisario del patrimonio de su tía. “Se sorprendieron de que hubiera amasado semejante fortuna con un sueldo de maestra de escuela pública y su retiro.

Una sobrina dijo que sentía una devoción especial por Antonio de Mello, el sacerdote jesuita y psicoterapeuta indio conocido por sus escritos y enseñanzas espirituales. De Mello, a quien le encantaban las paradojas y cambios súbitos del pensamiento tradicional, enfatizaba lo espiritual sobre lo físico.

Escribía en su diario con regularidad, y por más de una década ayudó a coordinar las clases en el área de Kansas City para los estudiantes del método del diario intensivo, una terapia popularizada por el difunto Dr. Ira Progoff que ayuda al escritor a acceder a su historia personal y su subconsciente.

“Siento una avidez profunda por la oración, y mi modo de ver la vida espiritual ha cambiado drásticamente”, escribió en una entrada de diario sin fecha.

Quizás encontró consuelo espiritual y amistad en los jesuitas; una conexión interior.

De acuerdo a las notas de la oficina de promoción, Kurzweil y los jesuitas tuvieron una cálida y cordial relación a través de los años. Ella ocasionalmente pedía una misa y cartas de oración, hacía donaciones modestas y decía cuánto amaba a los jesuitas, especialmente el P. Luke Byrne, que era el director espiritual de la Congregación Mariana cuando ella era su presidenta. Byrne la describió como una mujer profesional competente que “conocía su juego” y tenía una gran fuerza de voluntad.

A principios de los años 1970, El P. Byrne fue pastor de la parroquia jesuita a la que ella asistía, la iglesia de Sr. Francis Xavier en Kansas City, a solo pocas manzanas de su casa en Lydia Street. También se comunicó con el jesuita P. Gene Martens cuando trabajaba en la oficina de promoción, pidiendo oraciones y misas en nombre de amigos y familiares enfermos.

También conoció un jesuita, el P. Francis Hunleth, que trabajó en la Universidad de Rockhurst desde mediados de los años 1940 hasta 1954, un año antes de que comprara una vivienda por $5,800 cerca de la universidad, parroquia y casa comunitaria de los jesuitas en Kansas City.

Compró esa casa en 5221 Lydia St. en noviembre de 1955 después de graduarse de Avila College (College of Saint Teresa, en ese tiempo) con una licenciatura en enseñanza primaria, y donde pasaría los siguientes 25 años de su vida enseñando a niños de cuarto y quinto grado en Blenheim Elementary en el distrito de escuelas públicas de Kansas City.

Hunleth tuvo cinco hermanas que se unieron a las Hermanas del Loretto, una orden de enseñanza de mujeres religiosas en Kentucky. En 1948, Anna renuentemente dejó a su madre y la granja familiar en Grandview, Missouri, se unió a las Loretto y recibió su velo y su nombre: Hermana Frances Vincent Kurzveil. Profesó sus primeros votos dos años más tarde, enseñó en escuelas atendidas por Loretto en Kentucky y St. Louis, pero dejó a las Hermanas de Loretto en agosto de 1954 para cuidar a su madre envejeciente en la granja, y luego en la casa de la calle Lydia en Kansas City.

“Dejar a mi madre fue lo más duro que he hecho jamás”, escribió en su diario. “Dejar a Mamá y (luego) dejar el convento”.

Con o sin el hábito, siguió sirviendo a los demás gran parte de su vida, un valor inculcado en la universidad, escribió.

Desde 1958 hasta su fallecimiento en 1964, su madre, Bertha Kurzweil, vivió con su hermana menor, Anna, en la casa en la calle Lydia. El hermano de Anna contrató a un cuidador para que velara a la anciana mientras ella enseñaba.

En el verano de 1972, trabajó en una colonia de leprosos en Nueva Guinea a través de un ministerio que atendía a las personas con la infección crónica también conocida como enfermedad de Hansen. Con uno solo de sus viajes por el mundo obtuvo la membresía en el “100,000 Mile Club” de United Airlines en 1975.

Viajó a Europa siete veces, tres veces a Egipto, dos veces a Tierra Santa, una vez a Australia y le dio la vuelta al mundo una vez.

Se retiró el 1 de febrero de 1980 con una pensión mensual como maestra de menos de $1,000. En junio de 1981, Anna Kurzweil traspasó su casa y su propiedad en Lydia Street a la Universidad de Rockhurst por $1, como reflejan los registros del condado de Jackson. La propiedad, su casa que fue arrasada hace mucho tiempo, es ahora una vivienda para estudiantes. Una de las sobrinas de Anna recordó que su tía hablaba sobre un sacerdote (es muy probable que fuera el P. Hunleth) que venía todos los días a bendecir a su abuela a la casa en la calle Lydia.

Era miembro vitalicio de la Sociedad Internacional de Poetas, elegida para ser integrante del Museo del Salón de la Fama de Poesía Internacional, sobrevivió el cáncer de mama y crió pollos en la ciudad décadas antes de que se pusiera de moda. Trabajó por algún tiempo en la antigua planta de Pratt & Whitney de Kansas City, que construía puentes durante la Segunda Guerra Mundial y luego componentes no nucleares de bombas nucleares, dijeron dos sobrinos.

También confirió un fondo de becas en su alma máter, Avila College, y en el Conception Seminary College, la escuela benedictina al noroeste de Missouri. Hizo donaciones a la Biblioteca Harry S. Truman, al Mercado Municipal de Kansas City y a otras causas.

“Donó dinero a cosas de las que nunca supimos”, dijo su sobrina, Linda Kurzweil.

La historia de Anna Kurzweil, soñadora, diarista, poeta, viajera del mundo con un corazón misionero, que abandonó sus esperanzas de juventud por el convento para cuidar a su madre anciana y que amasó una fortuna a partir de un salario de maestra de escuela pública de menos de $20,000 al año, es un verdadero giro a la historia bíblica del óbolo de la viuda.

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