Espiritualidad Ignaciana

Nuestro mayor don

VISIÓN GENERAL

La espiritualidad ignaciana atrae a las personas que buscan un mayor significado y fe porque se basa en la convicción de que Dios está activo en nuestro mundo. Es una visión religiosa de la vida que ve a Dios profundamente inmerso en toda la creación y en todo el quehacer humano.

Como escribió el gran paleontólogo jesuita Pierre Teilhard de Chardin: «Dios no está lejos de nosotros. Está en la punta de mi pluma, de mi pico, de mi pincel, de mi aguja -y de mi corazón y de mis pensamientos».

El camino espiritual trazado por Ignacio es un modo de discernir la presencia de Dios en nuestra vida cotidiana. La espiritualidad ignaciana no es un mero viaje hacia el interior, ni mucho menos un viaje ensimismado. Su objetivo es llevar a las personas más profundamente al mundo -con gratitud, pasión y humildad-, no alejarlas de él.

 

A menudo descritos como el mayor regalo de Ignacio al mundo, los Ejercicios Espirituales despliegan un proceso dinámico de oración, meditación y autoconocimiento. El objetivo es ayudarnos a desarrollar nuestra atención, apertura y capacidad de respuesta a Dios.

Ignacio pidió a los jesuitas que fueran «contemplativos en la acción». Hoy en día, los jesuitas y sus colaboradores laicos trabajan con personas en muchos ámbitos de la vida, como la educación y la empresa. Ayudan a formar «hombres y mujeres para los demás».

San Ignacio de Loyola

Iñigo López de Loyola, que después tomaría el nombre de Ignacio, fue un cortesano y aristócrata español que encontró su verdadera vocación tras sufrir heridas casi mortales en un campo de batalla. Reunió a un pequeño grupo de compañeros y fundó la Compañía de Jesús en 1539, unidos por un método de oración inspirado en su propia experiencia de conversión.

Iñigo el soldado

Iñigo, quien se entrenó en las cosas del mundo en la corte del Rey Ferdinando, soñaba con las glorias de caballería y usaba su espada y pechera metálica con arrogancia orgullosa. Estaba lejos de ser un santo por mucha de su vida joven adulta.

En un intento quijotesco de defender las fronteras de la fortaleza de Pamplona, en oposición al superior de artillería Frances en 1521, una bala de cañón le destrozó la pierna. Sus aprehensiones Franceses, impresionados por su valentía, lo cargaron en un camastro por las montañas a la casa de su familia en Loyola. Los doctores ahí le rompieron y restauraron la pierna, sin mucha esperanza de salvarle la vida. Sin embargo, sobrevivió este trauma y comenzó una convalecencia larga durante la cual estuvo encamado.

Movimientos del corazón

Iñigo pasaba horas leyendo algunos libros que su familia tenía. Él pedía libros de caballería, pero tuvo que conformarse con biografías de los santos. Durante su convalecencia, Ignacio tuvo una serie de experiencias de la cercanía y el amor de Dios que completamente cambió su vida.

Cuando soñaba despierto, pensaba en grandes actos heroicos que ganarían la aprobación de la gente de la corte. Luego pensaba en hacer grandes cosas para Dios. Finalmente, comenzó a preguntarse, “¿En qué terminan estos pensamientos?” Algunos lo dejaban sintiendo paz y alegría, otros lo dejaban inquieto y agitado.

Ignacio dejó de ser una persona que buscaba las vanidades del mundo a ser alguien que buscaba de una forma u otra el servir a alguien más allá de un rey, el Señor Jesucristo.

Iñigo el Peregrino

Para la consternación de su familia, el joven cortesano concebía un plan para ir a Jerusalén como un pobre peregrino. Dejó su casa sin saber qué haría.

Hizo una vigilia en el monasterio Benedictino de Montserrat y dejó sus ropas costosas y su espada ahí, cambiándolas por ropas burdas de un peregrino. Sin embargo, cuando dejó el monasterio, hizo lo que asumía que sería una breve parada en Manresa, un pequeño pueblo industrial en la base de la montaña.

En Manresa

Iñigo se quedó en un hospicio en Manresa por casi un año. Era tiempo de oración intensa y auto-examen, de luchar contra el pecado de su vida anterior en la corte. Descubrió que podía hablar con otras personas acerca de la oración y activarles su fe. Estas conversaciones y sus propias notas acerca de sus experiencias se convertirían en los “Ejercicios Espiritu ales”.

Durante los 1530’s, San Ignacio de Loyola comenzó a escribir acerca de las emociones que iba viviendo -sentimientos de gratitud y angustia, consolación y tristeza -mientras escudriñaba las escrituras. Estas meditaciones eventualmente se convirtieron en los Ejercicios Espirituales de San Ignacio de Loyola, publicados en 1548 por vez primera.

Los Ejercicios Espirituales

El camino espiritual trazado por Ignacio es una forma de discernir la presencia de Dios en nuestra vida cotidiana y actuar en consecuencia. Los jesuitas tienen un manual de entrenamiento para esta búsqueda. Se trata de los Ejercicios Espirituales de San Ignacio de Loyola, compuestos por el santo antes incluso de ser sacerdote.

Los Ejercicios Espirituales no son como otros clásicos occidentales de la espiritualidad que típicamente se leen de principio a fin. Es una compilación de meditaciones, oraciones y otras prácticas contemplativas. Son más como un manual, especialmente para ser usados por directores espirituales que acompañan y guían a personas por dinámicas y procesos de reflexión.

Y aunque los Ejercicios Espirituales son un libro, también son una serie de ejercicios desarrollados por un hombre que creía que estirarse espiritualmente es tan importante como el acondicionamiento físico de un atleta.

El punto de los Ejercicios es la libertad: ¿cómo me hago libre de acuerdo con mis talentos y limitaciones? ¿Cómo puedo ser lo suficientemente libre para responder a la gracia de Dios?

¿Interesado en experimentar los Ejercicios? Contacta con uno de nuestros Ministerios de Retiros y Espiritualidad.