Espiritualidad

Iñigo López de Loyola, que después tomaría el nombre de Ignacio, fue el más joven de una familia noble en la región Basca montañosa del norte de España. Iñigo, quien se entrenó en las cosas del mundo en la corte del Rey Ferdinando, soñaba con las glorias de caballería y usaba su espada y pechera metálica con arrogancia orgullosa. Estaba lejos de ser un santo por mucha de su vida joven adulta.

Cuando nació en 1491, la edad media llegaba a su término y Europa entraba en el renacimiento. Así que fue un hombre en el borde de dos mundos.

Europa en la última parte del siglo 15 era un mundo de descubrimiento e invención. Los exploradores europeos zarparon al oeste a las Américas y al sur hacia África y los estudiosos descubrían las civilizaciones olvidadas de Grecia y Roma. La imprenta alimentaba una nueva hambre por el conocimiento entre la clase media. Era el fin de la época de caballería y el comienzo de un nuevo humanismo. Era tiempo de cambio rápido, agitación social y guerra.

En un intento quijotesco de defender las fronteras de la fortaleza de Pamplona, en oposición al superior de artillería Frances en 1521, una bala de cañón le destrozó la pierna. Sus aprehensiones Franceses, impresionados por su valentía, lo cargaron en un camastro por las montañas a la casa de su familia en Loyola. Los doctores ahí le rompieron y restauraron la pierna, sin mucha esperanza de salvarle la vida. Sin embargo, sobrevivió este trauma y comenzó una convalecencia larga durante la cual estuvo encamado.

Iñigo pasaba horas leyendo algunos libros que su familia tenía. Él pedía libros de caballería, pero tuvo que conformarse con biografías de los santos. Durante su convalecencia, Ignacio tuvo una serie de experiencias de la cercanía y el amor de Dios que completamente cambió su vida. Cuando soñaba despierto, pensaba en grandes actos heroicos que ganarían la aprobación de la gente de la corte. Luego pensaba en hacer grandes cosas para Dios. Finalmente, comenzó a preguntarse, “¿En qué terminan estos pensamientos?” Algunos lo dejaban sintiendo paz y alegría, otros lo dejaban inquieto y agitado.

Ignacio dejó de ser una persona que buscaba las vanidades del mundo a ser alguien que buscaba de una forma u otra el servir a alguien más allá de un rey, el Señor Jesucristo.

Para la consternación de su familia, el joven cortesano concebía un plan para ir a Jerusalén como un pobre peregrino. Dejó su casa sin saber qué haría. Su sencillo pensar era: “Si San Francisco, o Santo Domingo pudo hacer esto o aquello, yo también puedo hacer lo mismo.” Hizo una vigilia en el monasterio Benedictino de Montserrat y dejó sus ropas costosas y su espada ahí, cambiándolas por ropas burdas de un peregrino. Sin embargo, cuando dejó el monasterio, hizo lo que asumía que sería una breve parada en Manresa, un pequeño pueblo industrial en la base de la montaña.

Iñigo se quedó en un hospicio en Manresa por casi un año. Era tiempo de oración intensa y auto-examen, de luchar contra el pecado de su vida anterior en la corte. Descubrió que podía hablar con otras personas acerca de la oración y activarles su fe. Estas conversaciones y sus propias notas acerca de sus experiencias se convertirían en los “Ejercicios Espirituales”.

El punto de los Ejercicios es la libertad: Cómo me hago libre dados mis talentos y limitaciones? Como me hago lo suficientemente libro para responder a la gracias de Dios? Lo central de la visión ignaciana es un humanismo espiritual que es también del mundo y cálidamente humano. Es una visión religiosa de la vida que encuentra a Dios metido profundamente en toda la relación y en el trabajo humano. Encarna las palabras del poeta Terence, “Nada humano me es extraño”, porque nada es meramente humano.

Baja un pdf de la Vida de San Ignacio.

 

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